If voting doesn’t change anything, it is just a drama of democracy. Shesh Nath Vernwal.
Esta expresión italiana podría ser universal. No se trata de que falte “finura” sino de que apenas afloran otros atributos como la discreción, la elegancia, el tono y el sentido de oportunidad.
Y no solo en el espacio más próximo (sea local, nacional o estatal) sino en el extenso territorio que antes describíamos como “el mundo occidental”. En este territorio, que se creía portador de unos valores pretendidamente democráticos (como el respeto, la tolerancia, la libertad, el compromiso, la responsabilidad, el pluralismo, la equidad y algunos otros) ha ido evolucionando a la baja, en un proceso regresivo.
¿Por qué ha ocurrido esto? Las razones son muchas y se entrecruzan. Como explica muy bien Emmanuel Todd, el gran historiador y antropólogo social francés en su extraordinario análisis (“La Défaite de l’Occident”), el mundo occidental y su superestructura ideológica se han ido degradando, dando como resultado una crisis demográfica, una multiculturalidad ingenua, un nihilismo extenso, una descomposición social, una inconsistente educación, un abandono de lo público, una frágil base económica y una más que fallida superioridad moral.
Que el centro del mundo se ha desplazado hacia el este y hacia Asia es algo aceptado, aunque las élites occidentales no lo quieran reconocer y se empeñen en demostrar que son todavía muy importantes.
Los líderes políticos de este territorio son personajes vacíos de contenido que han alcanzado el poder y tratan de perpetuarse a cualquier precio. Los Macron, Starmer, Merz, Tusk, Rutte, Kallas, Von der Leyen, Meloni, Federiksen, Kristersson y otros no resuelven nada a favor de la ciudadanía sino en su propio interés. Por eso destinan recursos a temas improductivos y ajenos a su realidad (como la venta de armas al régimen corrupto de Ucrania, con el inevitable señor Zelensky en calidad de guiñol) sabiendo que es dinero perdido. Por eso reducen prestaciones sociales e invierten en el capítulo militar. Por eso suben impuestos y acumulan deuda, sin tener en cuenta el cargo sobre las generaciones futuras. Por eso incrementan la burocracia de la Unión Europea, interpretando que es su mejor escudo frente a la irritación del contribuyente de a pie.
En general estos tipos (con la excepción de los cargos nombrados a dedo de la UE), alcanzaron sus puestos por votación popular. Es cierto que, si desgranamos los últimos resultados de las elecciones generales en cada uno de sus países, nos daremos cuenta de que en general el peso de sus votantes directos fue relativamente pequeño respecto al total de las personas con derecho a voto, pero a esto nadie le presta atención. Ellos y ellas se sienten ungidos por una fuerza superior que les capacita para hacer lo que les dé la gana. Y lo hacen. Y esto es una perversión moral.
Ahora mismo, con sus prácticas terroristas sobre personas civiles en la república Rusa, están llevando al conjunto de la sociedad hacia un holocausto nuclear. Y lo hacen con un despreciable descaro. ¿Por qué no preguntan a sus compatriotas si están a favor de militarizar la sociedad y fijar como horizonte de futuro una próxima guerra?
Esto nos lleva de nuevo –lo hicimos en una reciente columna– a cuestionarnos la conveniencia de la pseudodemocracia que estamos sufriendo. Si mi libertad de decisión queda restringida a las pequeñas cosas de la vida cotidiana (elegir una marca o el colegio de mi hijo –en el caso en que pueda-) esta libertad no me interesa. Yo deseo la libertad para decidir sobre los grandes temas que afectan a la colectividad en la que estoy inserto y no para las miserias del día a día.
Con su cinismo habitual Winston Churchill ya nos avisó de que “el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. A mi juicio tenía razón, aunque luego el viejo zorro supo suavizarlo señalando que “era la peor forma de gobierno, pero mejor que el resto que se había probado”.
En aquella época el izquierdismo profesional (bien representado ahora por la “izquierda woke”), lo tachó de fascista, al no reconocer (según ellos) las grandes virtudes de su concepto de democracia.
Los muy idiotas no se dieron cuenta de que el problema no era si la melodía era mejor o peor, sino quien la dirigía. Y ahora Occidente está dirigido por una pandilla de miserables.
Mahatma Gandhi, un líder estereotipado por los medios como si fuera un santo, pero que dirigió a su pueblo hacia la independencia con firmeza y disciplina, avisó de forma cruda: “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”.
Hagamos autocrítica. Hay que recuperar el derecho al voto, echar a los inútiles y actuar en consecuencia.
