Nuestra cita

Fear cuts deeper than swords. George R.R.Martin.

 

 

El artículo

EL MIEDO COMO PRÁCTICA POLÍTICA

26/09/2026


El poder, el poder de la porra, el poder de la violencia, el poder del más fuerte ha utilizado a lo largo de la historia todo tipo de prácticas para imponer su dominio sobre la sociedad.

En algunos ya reconocidos períodos, se ha impuesto por las armas. Ha ido cambiando la dimensión, pero siempre las armas han sido protagonistas: guerras regionales, guerras periféricas, guerras mundiales.

En otros, cuando lo último no ha sido necesario, ha sustituido las armas por mecanismos de seducción, siendo el más importante el consumo, el consumo de lo no necesario, que genera dependencias a través de la deuda. La hipoteca es un bello ejemplo de una cadena a perpetuidad. Han vendido hedonismo por un lado y nihilismo por el otro.

Y cuando todo ello no ha sido suficiente, ha activado otros mecanismos de naturaleza simbólica: el miedo al contagio del virus (que es el miedo a la muerte), el miedo al “maligno” (que es el miedo al “oso ruso”), el miedo a la bomba (que el “síndrome de Hiroshima”).

Todos estos miedos son simbólicos, pero debidamente canalizados a través de los medios de comunicación y las redes sociales, han llegado a tejer una atmósfera de riesgo continuo, una atmósfera ficticia pero que cala en la población atemorizada. Buena prueba de ello es el alto consumo de tranquilizantes.

De ahí que los políticos occidentales defiendan sus poltronas fabricando “miedos”,  impulsen la milicia obligatoria a sus ciudadanos más jóvenes, incrementen el gasto en defensa, disminuyan el gasto social, animen a que las rentas altas compren búnkeres hechos a medida, repartan “tabletas de yodo” para proteger las tiroides en caso de guerra nuclear, distribuyan “kits de emergencia” entre la población, monten campos de entrenamiento para una defensa activa, diseñen protocolos para funerales colectivos, etc.

Este universo tóxico que se nos ha caído encima es producto de la labor mezquina de un conjunto de burócratas que llevan años ejerciendo el poder en el territorio que nos ha tocado vivir. Lo menos relevante es que se llamen Macron, Merz, Von der Leyen o Rutte. Ellos o los anteriores en sus puestos son unos personajes oscuros, cuyo comportamiento sociopático no importaría si no ocuparan los puestos que ocupan.

El problema, como ya he señalado otras veces, es la “indiferencia” de la mayor parte de la población. Y esto solo puede romperse animando y concienciando a la gente para que demuestren su total rechazo a esas prácticas en cualquier ocasión en que haya elecciones (sean las que sean). Esto ya ha ocurrido en Alemania en tres recientes elecciones regionales (länder). Hay que seguir por ahí, superando el “lavado de cerebro” que los medios de comunicación vienen utilizando.

Por si no teníamos suficiente, la última novedad es anunciar que existe la posibilidad de que “la inteligencia artificial acabe con la Humanidad”. Una primera y sencilla reflexión es que todo es posible; que sea probable es otra cosa.

Hasta los inevitables tertulianos que pueblan los dominios de los programas de radio y televisión hablan de la “inteligencia artificial” como si se tratara de un conocido tema de uso común, cuando los auténticos expertos expresan sus dudas en el terreno predictivo. De hecho, el común de la gente no sabemos nada de nada sobre esto. Y cuando no se sabe, mejor callarse que, de una manera más lúcida, dicen que dijo Ludwig Wittgenstein.

Lo que sí sabemos y está documentado es qué infraestructuras utiliza la inteligencia artificial para su trabajo. Son los llamados “data centers” (bases de datos). Sin ellos la IA no existiría. La Inteligencia artificial son modelos, algoritmos (software), en tanto que los centros o bases de datos son las infraestructuras físicas que los hacen funcionar (hardware). Aceptemos que la separación es más virtual que real entre lo uno y lo otro.

En la actualidad hay 12.500 centros de datos distribuidos por todo el mundo. Se estima que 180 países tienen alguno. El país con mayor peso es Estados Unidos, con 4.800, seguido en Europa por el Reino Unido, Alemania y Francia (entre 400 y 600 cada uno) y por China, India y Japón en Asia (entre 400 y 300). Es un mercado muy vivo y creciente.

Un centro de datos es como una fábrica que transforma la electricidad en capacidad de computación. Consumen mucha energía y exigen sistemas de refrigeración líquida.

Como Estados Unidos es el país líder en el sector, es el que nos proporciona más información sobre el desempeño de estas “fábricas”. Veamos algunas conclusiones muy recientes:

  • Existe una preocupación extendida entre la población sobre el posible efecto de estas fábricas en los precios domésticos de la electricidad, aunque hasta ahora no hay evidencia empírica.
  • El 38% de los hogares americanos se encuentran a cinco millas de un centro de datos.
  • Los construidos en los últimos dos años tienen una capacidad que va de 100 a 1.000 megavatios, lo que significa que pueden consumir tanta electricidad en un año como la que consumen entre 80.000 y 800.000 hogares americanos.
  • En el Estado de Virginia, con 3,4 millones de hogares, los centros de datos construidos tienen una capacidad de 9.430 megavatios, que sería el consumo equivalente a 7,5 millones de hogares, más del doble de la población actual.
  • Los costes fijos de las infraestructuras en el sector eléctrico son muy elevados; los marginales muy bajos. Esto implica precios diferentes según la tipología de los clientes.
  • El 75% de los centros de datos de Estados Unidos está concentrado en diez Estados: Texas, Virginia, Ohio, Arizona, Iowa, California, Illinois y Washington.
  • El Estado más proactivo es Texas, que posee abundantes fuentes de energía, terreno sobrado y una política de incentivación con soporte financiero.
  • El último dato conocido sobre el consumo total de los centros de datos en Estados Unidos (Departamento de Energía) es del 2024. Representó solo el 4,4 % del consumo global americano.
  • En algunos Estados, los reguladores han empezado a poner límites en los permisos para instalar nuevos centros.
  • El incremento del precio del gas natural y la renovación de algunas infraestructuras eléctricas (muy envejecidas) explican también el incremento de los precios domésticos.
  • Lo que sí es evidente es que la utilización de las herramientas de la AI crece de forma exponencial y ello determina, en paralelo, la construcción o ampliación de los centros de datos. Lo uno sin lo otro, no funciona.
  • Nadie se atreve a hacer predicciones. Se acogen al pensamiento del físico Niels Bohr, cuando dijo que “era difícil hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”.

 

Bajemos unos cuantos escalones y pisemos el suelo llano. Probablemente la IA no acabará con la Humanidad (las ojivas nucleares sí pueden hacerlo), pero lo que sí es seguro es que provocará una ruptura en muchos ámbitos de nuestra vida. Y nos tiene que encontrar tranquilos y en paz. No crispados y atemorizados. Echemos a la basura a todos los políticos que reman en sentido contrario. Hagámoslo ya.

 

 

 

 

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Alf Duran Corner

Fondo documental