El patriotismo es el último refugio de los canallas. Samuel Johnson.
En este caso la semántica nos lo pone fácil: “tecno” de tecnología; “fascismo” de fascismo. El problema lo tenemos con el último vocablo, pues en su descripción pesa más lo connotativo que lo denotativo, a lo que podríamos añadir la ignorancia dominante no solo en la masa poblacional sino también en los oficiantes de la comunicación.
Esos vociferantes necios sueltan “eres un fascista” y se quedan tan anchos. Cuando una cosa sirve para todo es que no sirve para nada.
El fascismo, nacido en Italia de la mano de Mussolini, fue una ideología, un régimen y una forma de gobierno. Benito Mussolini era un político socialista más listo que inteligente que, a principios del siglo XX, encontró un espacio político en una Italia confusa y lo aprovechó. Se inventó una ideología y un partido de masas, acudiendo a las capas más bajas de la población; arrastró a los temerosos pequeñoburgueses (siempre presentes en cualquier nación) y dominó a las clases altas. Apostó por un nacionalismo reaccionario, defendió el formato de partido único, barrió los restos del parlamentarismo y montó un espectáculo (la marcha sobre Roma de 1922) para dar un golpe de Estado. A esto Walter Benjamin lo llamaba “el espectáculo” y más tarde Guy Debord lo ratificó.
Una vez controlada la sociedad por sus bandas seudo mafiosas de “camisas negras”, copió de los nazis alemanes el concepto de “espacio vital” (Der Lebensraum), que suponía extender el territorio nacional. Como no lo podía hacer en Europa, trasladó su ejército a Africa y creó un cierto imperio colonial. Ese concepto, que se apoya sobre un supuesto “temor existencial”, es el que también defienden los sionistas del “gran Israel”.
La ideología fascista es un cóctel difícil de digerir. Hay huellas diversas que nacen de las lecturas mal procesadas por un joven y exaltado Mussolini. Encontramos referencias a Charles Maurras y Maurice Barrès (a la extrema derecha del espectro), pero también a Marx y Engels, pasando por Schopenhauer y Nietzsche.
El modelo fascista italiano tuvo sus réplicas en otros países, con especial énfasis en la España de Franco, a la que además ayudó durante la guerra, destacando entre otras de sus hazañas el bombardeo de distintas poblaciones y la matanza de civiles.
El fascismo es teatral, demagógico, violento, instintivo. Cuando mata lo hace para divertirse. No tiene la frialdad del nazismo, que persigue la eficiencia y transforma la razón en racionalidad (se organiza para matar y lo hace de forma macabra).
En el fascismo dominan los desfiles, los tambores, los símbolos, los uniformes, las multitudes, las canciones. Hay un cierto espacio para el lirismo. Todo es coreografía. En paralelo se endurecen: “El que no se adhiera a nosotros debe ser combatido hasta la muerte”. No pone especial énfasis en la raza, uno de los puntos centrales de la ideología nazi, en lo que ésta última coincide con el imperio japonés.
Las afinidades entre fascismo, nazismo y nacionalismo japonés conforman “el Eje” (pacto tripartito de 1940), que tiene una obsesión común por derrotar al comunismo y derrocar el orden internacional para crear “un nuevo orden”.
Hay todavía residuos de fascismo, sobre todo en el Occidente europeo. En el Este por el contrario los residuos más declarados son nazis, no fascistas, como es el caso de Ucrania.
Curiosamente al otro lado del Atlántico tenemos un representante político que en muchos aspectos tiene un perfil fascista. Es un mentiroso, un manifiesto demagogo, un histriónico, un liante. Apuesta por la teatralidad. Le dominan sus instintos. Cuando el presidente Trump (y a él nos referimos) perdió las elecciones frente al mediocre Biden (noviembre del 2020), replicó la acción de Mussolini y animó a sus partidarios para que ejecutaran un golpe de Estado (asalto al Capitolio), liquidando al poder legislativo, reunido precisamente para certificar la victoria del candidato demócrata. Hubo muertos y heridos, aunque el golpe de Estado no prosperó. Con el tiempo parece como si nada hubiera sucedido, que es una muestra más del aborregamiento de las masas.
En su segundo mandato, el señor Trump mantiene sus flecos fascistas (no tecnofascistas) y en esto podría ser considerado el último representante de esta casta. Todavía manda y mucho, pero no tardará en ser reemplazado por la nueva generación de tecnólogos.
El cambio de testigo quedó simbolizado en una fotografía (que los historiadores más agudos consideran histórica) en la que un grupo de líderes tecnológicos asisten a la toma de poder del segundo mandato de Trump (enero/2025). Allí están Mark Zuckerberg (Meta/Facebook), Tim Cook (Apple), Elon Mask (Tesla/X), Jeff Bezos (Amazon) y Sundar Pichai (Google/Alphabet). Les fue imposible asistir y se excusaron, pero formaban parte de este entorno Sam Altman (OpenAI), Bill Gates y Satya Nadella (Microsoft). Más tarde el propio Trump amplió este elenco nombrando a Jensen Huang (Nvidia), Larry Ellison (Oracle) y Michael Dell (Dell) como miembros de un consejo presidencial.
¿Qué tienen en común todos estos personajes? Que pueden controlar el mundo a través de las nuevas tecnologías. No hace falta acudir a las armas, a la violencia, al discurso incendiario (modelo Goebbels). Basta con poner en marcha de forma plácida su aparato de seducción. Tienen las masas a su alcance.
Es el capitalismo de vigilancia que Zuboff denunció pero que ha ido más allá. No solo te vigilan, también te condicionan y determinan. Y lo hacen con “cariño”, en un diálogo personal, en la intimidad. En el fondo te sustituyen. Sin darte cuenta, delegas tu decisión en ellos.
Extraen los datos de los grandes bancos de información, los ordenan, los clasifican, los ajustan. Monopolizan las plataformas y las redes sociales. Es el mundo del gobierno algorítmico al servicio del poder, del poder del dinero.
Las grandes corporaciones tecnológicas, asociadas a los oligarcas camuflados y contando con el complejo militar industrial como aliado fijo, manejan y controlan todos los aspectos de la vida de los ciudadanos gracias a la digitalización de la sociedad. Saben con detalle lo que haces, como empleas tu dinero, donde vas y vienes. Ello les permite hacer predicciones. Acaban gestionando tu vida.
La sociedad, vulnerable y ansiosa, se pliega a los intereses de los tecnofascistas. Le venden supuestas amenazas y la distraen con formatos actualizados del “pan y circo” romano: los grandes eventos deportivos, los multitudinarios conciertos de estrellas, los relatos sesgados de conflictos fabricados con un toque emocional.
Las nuevas élites solo necesitan a las masas para que “compren y voten” (“buying and voting”), siempre y cuando lo hagan como ellos indican.
Se puede argumentar que esto está más cerca del “totalitarismo” (ideología que controla todos los aspectos de la vida del ciudadano, como lo hacen el islamismo y el judaísmo ultraortodoxo) que del “fascismo”, pero hay algo en este último que no debemos olvidar: su flanco rupturista e innovador. Y es que en 1908 un poeta, escritor y editor italiano (Filippo Tommaso Marinetti), amante de los automóviles y la velocidad, tuvo un accidente de coche y esto le llevó a redactar posteriormente el “Manifiesto del Futurismo”, que es un canto a un supuesto futuro de gloria frente a un presente decadente y amoral. Esta línea de pensamiento conectó más adelante con el “Manifiesto de los intelectuales fascistas”, redactado por Giovanni Gentile (1925), al que se adhirieron notables personajes como Gabriele D’Annunzio, Luigi Pirandello, Curzio Malaparte y el propio Marinetti.
Y es que cualquier corriente ideológica trata de legitimarse y para cumplir esa labor están los intelectuales. El tecnofascismo moderno también los tiene, aunque muchos de ellos no lo hagan por dinero (lo habitual en la subvencionada Europa occidental) sino por ambición personal.
Algunos denominan a esta corriente “la Contra-Revolución de Silicon Valley”. Ellos consideran que la modernidad política es decadente (en esto les damos la razón). Creen que el liberalismo (no el neoliberalismo) es un proyecto fracasado. Piensan que la civilización occidental está amenazada y hay que “purificarla” (no nos cuentan cómo). Por último, están obsesionados por el valor del coeficiente intelectual, el genio y la inteligencia, hasta extremos eugenistas.
Tienen antecedentes en el propio Estados Unidos que pertenecen a la corriente “libertaria” (un anarquismo de derechas), corriente minoritaria pero bien pertrechada económicamente. Pensadores como Murray Rothbard, Curtis Yarvin o Hans Hermann Hoppe, que conectan la libertad de mercado con el ejercicio autoritario del poder. Ven la democracia como un modelo decadente que hay que sustituir por uno de tipo “monárquico” (ellos ya dirán quién será el rey). En este modelo no cabe todo el mundo y hay que excluir a los disidentes; de esta forma tendremos una sociedad homogénea y tranquila. Añaden una dimensión religiosa (otro guiño a Mussolini, que reconoció a la Santa Sede como Estado independiente en los pactos de Letrán) y reclaman una transformación antropológica, a la búsqueda de un “hombre nuevo” (el futurismo de Marinetti). La figura central del tecnofascismo es Peter Thiel y sus colaboradores, de los que ya hablamos con detalle en nuestra columna sobre “The Paypal Mafia” (22.03.2026 https://www.alfdurancorner.com/articulos/the-paypal-mafia.html).
Ahora nos preocupa lo que hace Donald Trump, pero para los tecnofascistas Trump ya es el pasado.
Hay que estar preparados para lo que viene. Y lo que viene (con palabras de Thiel) es que “democracia y libertad son incompatibles” y que “solo el poder absoluto puede salvar la civilización”.
Vamos bien.
